El Mundo al Día

Los nuevos bárbaros

Los nuevos bárbaros

Algunas verdades irrefutables: la velocidad de los procesadores mejora cada día que pasa, los nuevos fármacos alargan la vida, las naves espaciales llegan a lugares del universo que parecían inalcanzables hasta hace poco. ¿Significa eso que el mundo es un lugar más civilizado? Hay apariencias que solo son espejismos. Sin decencia moral, el hombre regresa a la caverna. A una caverna con geotermia en lugar de hoguera, eso sí, y con pantallas táctiles donde antes había pinturas rupestres. Pero que la guarida sea más confortable no significa que sus habitantes seamos más civilizados. Como hacían nuestros ancestros primitivos, seguimos dirimiendo a garrotazos las desavenencias vecinales. El desafío de la inmigración es un buen ejemplo. La derecha más radical denuncia una invasión bíblica en cada patera y propone enfrentarse a la alteridad con recelo profiláctico. Enfrente, una izquierda instalada en la atalaya de la virtud, aficionada a repartir etiquetas automáticas de xenofobia a quien se atreva a cerrar las fronteras, proclama un amor universal y conmovedor hacia el forastero, siempre y cuando —claro está— proceda de ultramar o de tierras lejanas. Esa es la sorprendente paradoja de su discurso: convierte la hospitalidad en una disposición directamente proporcional a la distancia kilométrica del recién llegado. La suya es, en sentido literal, una actitud empática de largo alcance. Luego, esa misma izquierda que presume de abrazar al diferente y de venerar la diversidad cultural con espíritu ecuménico sufre un colapso nervioso ante el vecino del cuarto que vota al PP o a Vox. Su propuesta caritativa hacia el prójimo puede resumirse así: amemos al foráneo y aislemos a los indígenas de la bancada de enfrente tras cordones sanitarios y muros salutíferos que nos protejan de su inmundicia moral. La respuesta de una parte de la derecha no le va a la zaga en el disparate: envuelta en la bandera de la exaltación patriótica descalifica a medio país tildándolo de enemigo interno, ilegítimo y traidor. Resulta fascinante este acuerdo tácito de los extremos: los verdaderos bárbaros de nuestra época son los próximos que piensan distinto. Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que creí que en España habíamos aprobado esa asignatura. Durante aquel ejercicio de sensatez mayúscula que fue la Transición, tipos que tenían motivos históricos de sobra para odiarse con fundamento sentaron las bases de una convivencia pacífica. No se hicieron íntimos. Simplemente pactaron algo más exigente que la simpatía: la coexistencia entre diferentes. Hoy, en cambio, hemos degradado la discrepancia a un campeonato barriobajero de trincheras donde la moderación cotiza como cobardía. El balance para mi generación es desolador. Heredamos un pacto milagroso de reconciliación entre contrarios y nos iremos a la tumba habiendo dejado el solar sembrado de vetos, muros y alambradas . Pincho de tortilla y caña a que pasaremos a la historia como ciudadanos cósmicos, muy orgullosos de abrazar al planeta entero, pero incapaces de soportar educadamente al vecino que piensa distinto en el ascensor. Todo un ejemplo de civilización.

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