No perder de vista los precios

La inflación registrada en junio, según los datos que aporta el Instituto Nacional de Estadística (INE) vuelve a reflejar que, cuando deja de ser transitoria y se asienta por encima de los niveles óptimos, acaba lastrando la microeconomía. El problema no es únicamente que los precios suban; el problema es acostumbrarse a que lo hagan por encima del 2% de forma sistemática, porque ahí empieza a cuajar un modelo de crecimiento más caro, más frágil y, a la larga, menos competitivo. El dato en el Estado sitúa los precios en un alza interanual del 3,2%, cifra que calca la Comunidad Autónoma del País Vasco y que se contiene al 2,7% en la Foral de Nafarroa. El mercado, por sí solo, no está conteniendo los precios con la eficacia que a menudo se le atribuye. Ni los frena hasta niveles claramente compatibles con la estabilidad monetaria ni corrige con agilidad las tensiones en bienes de consumo habitual. Energía, alimentación y servicios siguen sosteniendo un nivel de precios que ya no puede explicarse como un episodio pasajero. Las consecuencias son directas. Para las familias, supone una pérdida persistente de poder adquisitivo: el salario compra menos, la cesta de la compra pesa más, y cualquier gasto básico absorbe una parte mayor de la renta. No hace falta una espiral inflacionista desbocada para empobrecer a los hogares; basta con una inflación moderada pero obstinadamente superior al objetivo durante demasiado tiempo. Esa erosión termina reordenando el consumo hacia lo imprescindible, penalizando ahorro, ocio e inversión doméstica. Pero, además, cuando los costes suben y no se normalizan, las empresas trabajan con márgenes más estrechos y la inseguridad en la planificación retrasa decisiones de inversión. La competitividad se resiente porque producir se vuelve relativamente más caro frente a otros mercados y se reducen las inversiones para ganar cuota con mejora de producto. A medio plazo, eso limita la productividad, reduce el margen para crear empleo de calidad y debilita la posición exterior de la economía. Por eso el dato de inflación no debería leerse con complacencia. Si el mercado no corrige y el precio del consumo cotidiano sigue instalado en una senda ascendente, la inflación se torna una amenaza estructural sobre el bienestar, la competitividad y el crecimiento.
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