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Los científicos desisten con el proyecto de Fertiberia para encapsular los fosfoyesos: "Van a proseguir, pese a todo"
El comité de expertos de la Universidad de Huelva alertó en 2022 de las carencias en el encapsulado de los fosfoyesos, sin ser escuchados: «Ya hemos aparcado nuestras investigaciones"
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La izquierda y la lotería genética
En un experimento de psicología social, se presentó a los participantes el caso hipotético de un científico que investigaba la inteligencia (Hannikainen, 2018). A un grupo se le dijo que sus resultados atribuían parte de las diferencias a factores genéticos; al otro, que la genética apenas tenía peso. Bastó ese cambio para que los primeros percibieran al científico como cercano a posiciones reaccionarias y los segundos como más igualitario. El experimento pretendía mostrar que juzgamos a los científicos por sus resultados . Pero lo relevante aquí son esos resultados: si la genética importa, el científico debe ser de derechas. Los participantes trasladaron así a la ciencia un patrón bien documentado fuera de ella: cuando asoma la genética, alguien de izquierdas desconfía . Y si un científico lo es, se espera que haga lo mismo. Atribuir a nuestro ADN un papel relevante en la conducta o en ciertas cualidades humanas evoca episodios siniestros, y no tan lejanos, de nuestra historia: el racismo científico que justificó la esclavitud moderna o los experimentos de Josef Mengele. De ahí que la desconfianza progresista se parece más al reflejo de quien evita lo que le recuerda a un trauma que a una actitud científica, que exigiría reconocer, como señala Steven Pinker, que el siglo XX no solo conoció genocidios atroces inspirados en la pseudociencia nazi sobre la genética y la raza, sino también otras matanzas inspiradas en la pseudociencia marxista sobre la maleabilidad de la naturaleza humana. Y concluir, con él, que lo verdaderamente amenazante no es la curiosidad por lo que somos, sino las ideologías totalizadoras que ofrecen respuestas excesivamente simples a esta cuestión. Una de esas simplificaciones, despojada ya de su impulso totalitario, se ha consolidado, y también sus consecuencias políticas. En los debates sobre desigualdad económica y de oportunidades predominan casi en exclusiva las explicaciones basadas en el entorno: la familia, la educación, las condiciones materiales. No es una percepción: los ciudadanos de izquierda son los más convencidos de ese marco explicativo (Alesina, Stantcheva y Teso, 2018) y quienes menos suscriben las explicaciones genéticas cuando se aplican a diferencias en inteligencia o rendimiento educativo (Suhay y Jayaratne, 2013). El entorno es importantísimo, sin duda, y crea su propio mapa de la desigualdad: en Parla o Santa Coloma, menos de dos de cada diez jóvenes llegan a la universidad; en Sant Cugat o Pozuelo, lo hacen seis de cada diez. Y ese mapa se traduce en destinos: nacer en el 20% más pobre sigue siendo una barrera formidable ; apenas uno de cada diez logra alcanzar el 20% más rico. El problema no es que estas explicaciones sean falsas. Es que son incompletas. Entre hermanos criados en el mismo entorno, quienes heredan combinaciones genéticas más favorables tienden, en promedio, a alcanzar más educación y mayores ingresos. Y algo similar se observa fuera del ámbito familiar: entre jóvenes estadounidenses sin parentesco, las tasas de graduación oscilan entre el 11% y el 55% según sus puntuaciones genéticas (Harden, 2021). Genes y entorno se condicionan mutuamente, y esa interacción tiende a amplificar las desigualdades: un niño con predisposición al sobrepeso o a la esquizofrenia –dos condiciones con alta heredabilidad– que nace en una familia pobre tiene menos probabilidades de recibir el diagnóstico y el tratamiento que podrían amortiguar esas desventajas. Una brecha que se agrava por el apareamiento selectivo : cada vez más nos emparejamos con personas de nivel educativo e ingresos similares, rasgos que no son independientes de ciertas predisposiciones individuales con base genética, de modo que en los mismos hogares tienden a concentrarse tanto los recursos como esas predisposiciones. ¿Por qué, entonces, la izquierda se centra en las (des)ventajas sociales que acumulan ciertas familias, pero no en las genéticas? ¿Acaso no es igual de arbitrario nacer con predisposición a la esquizofrenia que nacer en una familia pobre? Hay algo más, y es contraintuitivo: cuanta más igualdad social, más pesa la genética . Un estudio con datos de diez países (Engzell y Tropf, 2019) encontró que en las sociedades con mayor movilidad social –donde el origen familiar predice menos el destino– la herencia de los logros educativos sube. No porque la genética importe más ahí, sino porque, retirado el obstáculo social, lo que queda explicando las diferencias es, en mayor proporción, lo que traemos de fábrica. Reconocer el peso de la genética obliga a aceptar algo incómodo: no nacemos iguales . Antes de que el entorno haga su trabajo, la lotería genética ha repartido ventajas y desventajas. Este hecho incomoda a una izquierda que ha construido su identidad sobre la idea de que la desigualdad es fruto de estructuras impuestas y transformables: el capitalismo, el patriarcado. Y en muchos casos lo es. Pero no en todos. Al resistirse a admitirlo, la izquierda acaba alimentando, sin quererlo, una idea que se propuso combatir: que la biología es destino. Lo que no se nombra no se puede corregir. Y lo que no se corrige acaba pasando por inevitable. Hay una explicación que ayuda a entender este punto ciego, y es bastante humana: solemos fijarnos en aquello que sentimos que podemos cambiar. Lo que viene de fábrica se nos escapa de las manos; lo que es obra del entorno parece, al menos sobre el papel, corregible. Llevado al extremo, este reflejo deriva en una especie de fantasía de control total: la de quienes piensan que basta con criar bien a un niño para determinar por completo quién será, o la de algunos discursos que atribuyen casi en exclusiva a la cultura ambiente fenómenos como la violencia sexual, como si el deseo y la agresividad no tuviesen también raíz biológica . Lo cierto es, en cambio, que el origen de una desigualdad y su posibilidad de corrección son dos cuestiones distintas. La miopía es genética y las gafas la corrigen bastante bien . Y algunos males del capitalismo, pese a ser construcciones sociales, han resultado ser particularmente resistentes. Es importante aclarar que reconocer el peso de un gen no equivale a condenar a quien lo lleva. Los genetistas hablan de penetrancia para referirse a la proporción de portadores de una mutación que efectivamente desarrolla la enfermedad asociada, y esa cifra suele ser más baja de lo que se pensaba: un estudio reciente sobre el retinoblastoma, un cáncer ocular infantil, encontró que menos de un tercio de los adultos portadores de las variantes de riesgo llega a desarrollarlo, frente al 90% que sugerían las primeras estimaciones. La genética marca probabilidades, no sentencias. Pero saber que importa y entender cómo lo hace nos permite intervenir mejor, identificar a los más vulnerables y protegerlos. Y esto último nos importa. Durante la pandemia de covid era necesario proteger de forma específica a ancianos e inmunodeprimidos. No siempre estuvimos a la altura y, con el tiempo, se hizo evidente que tratar a todos como si fueran igual de vulnerables no era igualitarismo, sino una forma de abandonar a los más frágiles. Y lo mismo ocurre con las predisposiciones genéticas de algunos niños que los hacen más vulnerables al fracaso escolar, a la depresión o a la adicción . Ignorarlas no los protege. Los deja solos con desventajas ocultas que, en muchos casos, acaban desencadenando un reproche envuelto con el léxico todopoderoso de la libertad: le faltó empeño, fuerza de voluntad. Indagar en nuestro ADN facilita que algunas desventajas ocultas dejen de serlo. En los países desarrollados todos los recién nacidos son cribados para detectar la fenilcetonuria, un trastorno genético que, sin diagnóstico, causa discapacidad intelectual grave pero que se puede controlar con una simple dieta. En el Reino Unido, Estados Unidos y Australia, además, se están probando ya programas de cribado neonatal que analizan el ADN completo de los bebés al nacer , en busca de cientos de condiciones que las pruebas tradicionales no detectan. El objetivo no es predecir el futuro de un niño, sino adelantarse a enfermedades tratables antes de que causen un daño irreversible. Los avances en farmacogenética permiten ajustar qué antidepresivo, y en qué dosis, funciona mejor para cada paciente según su perfil genético, evitando meses de ensayo y error potencialmente devastadores. Y el NHS británico empieza a utilizar marcadores genéticos para identificar riesgo cardiovascular oculto en pacientes aparentemente sanos y tratarlos antes del infarto: una suerte de Minority Report cardíaco. En muchos casos, la información genética permite intervenir antes y mejor. Claro que siempre queda aquella objeción, recurrente e imprecisa, de que no debemos jugar a ser dioses. Pero llevamos tiempo haciéndolo: cada vez que ponemos un marcapasos o damos insulina a un páncreas que no funciona. Y si hay un dios que reparte predisposiciones a la esquizofrenia entre recién nacidos inocentes, intervenir no es arrogancia, sino obligación moral. *Jahel Queralt es profesora de Filosofía política en la Universitat Pompeu Fabra. Su último libro es ‘Nadie merece nada. Por qué la izquierda necesita la meritocracia’ (Anagrama, 2026).
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